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PINTURA Juan Bautista

Juan Bautista

 
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Aleph_02 -  - Alephes
Aleph_02

Aleph_03 -  - Alephes
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Aleph_04 -  - Alephes
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Aleph_05

 

Aleph_06 -  - Alephes
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Aleph_07 -  - Alephes
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Aleph_10 -  - Alephes
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Aleph_14 -  - Alephes
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Aleph_15 -  - Alephes
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Aleph_16 -  - Alephes
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 - Juan Bautista

El absurdo como atributo de lo eterno... Al adentrarnos en el espacio pictórico de Juan Bautista, es indispensable comprometer los sentidos, hay que estar dispuesto a dejarse asaltar por texturas, sabores, colores y sonidos. Una suerte de estética gongorina que triunfa y se renueva en la conjunción del cosmos inexplicable. Los temas que obsesionan al artista son la naturaleza, la noche y el tiempo, pero todos ellos están supeditados a una incógnita primordial: el cosmos y su inexplicable perfección. El trazo de Juan Bautista adquiere una fuerza inusitada cuando se enfrenta al infinito inescrutable, el tiempo cerca al sujeto estético y lo deja vulnerable frente al absoluto. Lejos de una visión panteísta, Rodríguez inaugura una estética de lo inconcluso y de las sensaciones, espacio donde lo erótico se abre paso entre la naturaleza que, muchas veces, es enemiga y destructora, vecina de la muerte. En Los Alephes toda novedad no es más que un olvido. No hay nada nuevo sobre la tierra, y todas las criaturas, excepto el ser humano, son inmortales, pues ignoran que un día morirán. Así Los Alephes construye un entramado metafísico de tiempo abismado, es decir instantes volcados sobre sí mismos, una suerte de constructo intelectual que propone su inexistencia y, al mismo tiempo, su omnipresencia. El tiempo es solo el instante; las cronologías y los acontecimientos lineales son un mero intento desesperado de los hombres por asirlo, por comprenderlo. Sin miedo a los afanes neuróticos, Juan Bautista cultiva una estética que funde lo viejo con lo nuevo, el trazo de Rodríguez es musical y armónico y a la vez disonante y estruendoso, no le teme a las grandilocuencias, pero se cuida del artefacto vacío, su brocha es de pulso firme, de pincelada verdadera y preñada de sentido, Juan construye mundos de cimientos sólidos, en donde todo conocimiento no es sino un recuerdo, la memoria es el bocado del tiempo, y el pasado la sustancia que lo constituye. Lo espantoso no es que las cosas terminen, lo grave es que nunca hayan sucedido. En ese vértigo aterrador la textura de Los Alephes se hace poderosa en la simultaneidad inagotable, infinita de todos los momentos y todos los lugares, porque todo ya ha ocurrido y vuelve a ocurrir hasta el infinito. Los Alephes es una muestra (2012) transparente, llena de sonidos y sabores. El artista enfrentado a la naturaleza omnipresente, se maravilla ante el espectáculo natural. Necesita asir la creación y su tiempo, se sumerge en ella, la toca, la muerde, la saborea. Consciente de lo inconmensurable del cosmos, lo observa y se somete a él, sin embargo hay una voluntad de rebelión, de cuestionamiento del orden natural, un afán de denuncia del carácter ilusorio y relativo del tiempo, y, al mismo tiempo, un imperativo de reivindicación del absurdo y de lo eterno. | ARMANCIA









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